Tuve una infancia y una juventud marcadas por crisis profundas. Un trauma que definió buena parte de mi vida — hasta que un día logré encontrarlo, mirarlo de frente y repararlo.
Jamás imaginé que la ruta que seguí para salir, a tientas y con más dolor del necesario, era en realidad un camino que estaba trazando para otros. Uno que podrían recorrer con menos drama y menos sufrimiento.
Cambié cinco veces de carrera. Solo para descubrir que no estaba roto: pensaba, actuaba y procesaba distinto. Le llamaban daño. Trastorno. El efecto de un sistema nervioso quemado.
Pero no era eso. Era neurodivergencia: una configuración diferente, poderosa, que no cabía en el molde — y que exigía otro modelo. El que yo tendría que crear.